lunes, 18 de junio de 2018

Cuentos del Absurdo/ III. Live to Fight




Moe se levanta con mucho esfuerzo de la cama. Cada una de sus articulaciones cruje y lo hace estremecer con el dolor. Pero es de mañana y debe ir a comprar el pan para el desayuno. Se observa en el polvoriento espejo frente a su cama. Su expresión cansada reluce aún más al ser enmarcada por la tonalidad amarilla de su piel y ojos. Tras observarse un poco, le resulta obvio el porqué de su apodo. “Moe”, como le comenzaron a llamar los niños de la cuadra después de que le fue confirmada la hepatitis B. Cuando su piel se tornó amarilla y comenzó a parecerse más al personaje de la caricatura.

Tras unos minutos de observar su cuerpo abatido por la hepatitis y la cirrosis, finalmente se calza las sandalias para ir al baño. La orina de color negro sigue llegando como una sorpresa sumamente desagradable. Recordatorio de lo que busca olvidarse a pesar de su cotidianidad. Pese a lo estable de su condición, no parece haber mucha mejoría aún con la gran cantidad de medicamentos que debe tomar a diario. Sin embargo, la lucha que emprendió para sobrevivir le dicta que debe haber esperanza, y que cuando menos lo espere podrá volver a ser el de antes.

De vuelta en su habitación, se pone un pantalón deportivo y una playera para ir por el pan. Debe apresurarse o para cuando llegue a la panadería ya se habrán terminado las mejores piezas. Antes de salir recibe la llamada de uno de sus hermanos. El pedido de carne llegará a la taquería más temprano de lo habitual y hay que limpiar el establecimiento antes de que llegue. Moe asiente y le dice que lo verá ahí después de que pase a la farmacia a comprar la medicina que le hace falta. Cuelga y siente un vacío carcomiéndole desde el interior de sus entrañas.

Día tras día es la misma rutina. Si acaso ocurren leves variaciones de un día a otro, pero nada que venga a sacarlo del tedio de lo ordinario. Sin más, toma su bicicleta y se monta en ella para salir rumbo a la panadería. Al pasar por la calle se topa con los vecinos que también comienzan su día. Señoras que van a hacer la compra, otros que marchan al trabajo, y los niños que se dirigen al colegio. ¿Cuánto tiempo lleva viviendo en esa colonia? ¿Cuántas personas que lo conocen y lo miran con un dejo de tristeza en sus miradas? Los niños y adolescentes se mofan de él a sus espaldas por el color enfermizo de su ser, comparándolo con un personaje cuya vida parece tan triste como la suya.

Todos conocen de los infortunios por los que ha pasado y que se han ido apilando por montones al paso de los años. Incluso cuando llegó su enfermedad, parecía que era algo que se esperaba por todos de forma ambigua. “Otra cosa más a la lista”, cual si se tratara de una serie de tragedias que van en aumento de gravedad al pasar de los años. Los vecinos lo saludan a su paso y el sólo alza la mano en señal de respuesta. No se siente con ánimos de sonreír, no cuando su cuerpo cruje con cada pedaleo, no cuando hace un terrible esfuerzo por aparentar serenidad.

Los rayos del sol golpean su rostro y el fresco viento matinal le trae una repentina sensación de placidez. De pronto su mente vaga hacia el pasado, a su juventud, aquellos tiempos que pasó en estas mismas calles jugando con sus amigos. Los fugaces enamoramientos con las chicas de la cuadra, y todas las peleas que tuvo en ese ambiente familiar y hostil. Al observar las nubes surcando a lo lejos, no reparó en la alcantarilla abierta que se encontraba a unos cuantos metros de distancia. Tan sólo se perdió en el recuerdo, sin poder traerse de vuelta a la realidad cuando la llanta delantera de su bicicleta se atoró en la alcantarilla. La colisión propulsó su cuerpo hacia adelante y estampó su cabeza contra el asfalto.

Moe yacía inmóvil en el suelo. Un par de transeúntes se apresuraron hasta donde se encontraba, pero al llegar se dieron cuenta de que era ya demasiado tarde. La sangre comenzaba a expandirse bajo su cabeza como una almohada funesta, y aunque los paramédicos no tardaron en llegar al lugar, nada pudo hacerse. Moe había muerto. La contienda contra las calamidades del destino, desamores y enfermedad, llega a su conclusión por un mero descuido. Inocente distracción de la mente en la que se bajó la guardia, para quedar por siempre atrapado en el recuerdo de tiempos mejores.




Por John Reed

miércoles, 13 de junio de 2018

Beacon of Light



Inefable explosión anémica
Voluntad inexistente en el previo
Deseo al fin situado en el espacio
Por el destello que viajó años luz
Hasta depositar su cálida promesa en mi mirada


Contemplar el brillo de un billón de galaxias conformando un solo ser
Allá donde antes reinaba el abismo
Cada partícula emitiendo su propio resplandor
Sin que obstáculo alguno se opusiera en su trayecto


Suprime toda oscuridad de mi planeta errante
Al dotarlo de vida bajo una lluvia de colores
Derrite las aguas de sus mares
Congeladas al vagar por eones a través de la gélida nada
En busca de una estrella que lo atrajera hacia sí


Presenciar la terraformación de mi entorno
La creación de una atmósfera que me permita habitar
Esta roca antes muerta
Tomar un respiro y escapar de la asfixia


Maravillarme con el surgimiento de formas de vida jamás antes vistas
Redescubrir instancias de mí que habían sido olvidadas
Percibir los colores de aquel glorioso ser
Surgiendo de todo lo que me rodea y conforma


Movilizar desde el núcleo de mi efímera existencia
Apresurar el paso, reducir la distancia
Hacer caso de la pulsión que me lleva hacia ella
Siguiendo el camino trazado como una polilla a la hoguera


Dejando atrás las tinieblas, el terror que perduró por eones
Pesadilla que amenazaba con eternidad
Y que se vio fulminada con la sola llegada de su resplandor
Deidad arcana que me liberó del abandono cósmico


Me dirijo hacia ella tratando de alcanzar velocidad luz
Abriéndome paso entre sistemas solares
Pálidos sustitutos del fruto de mi añoranza
Fantasmas que seducen por su cercanía
Sin que su recompensa se asemeje a lo sublime
A lo que me llama desde el horizonte del ideal


Nada hay en mi trayecto que se compare con la vida que irradia
Nada en lo recorrido que indique que alguna vez existió algo similar
Sólo ella y su brillo más allá de conocido

Y la esperanza de verme sumergido en su esplendor


Por John Reed